Lo que solía ser un viaje rutinario para el pescador artesanal Carlos Portillo, se ha vuelto una odisea. Cada par de semanas, Carlos viajaba desde su remota comunidad costera en Honduras a la ciudad más cercana para comprar frijoles, arroz, harina y, cuando la pesca estaba buena, algo de carne. Pero, a medida que se han cerrado fronteras e intensificado las restricciones de movilidad por la pandemia del COVID-19, Carlos y muchos como él temen quedarse sin acceso a bienes y alimentos básicos. Familias a lo largo de la costa norte de Honduras están encontrando alivio en el mar.

La atención del mundo se ha centrado en la propagación de este nuevo virus, enfocándose en los epicentros urbanos de la crisis y en el cierre de partes importantes de la economía. Pero en las aldeas rurales de países en desarrollo como Honduras, una historia mucho más amplia, con protagonistas que hasta ahora han estado fuera de vista, está emergiendo. Y aunque no hay escapatoria de los impactos de esta crisis, las dificultades de comunidades costeras como la de Carlos, donde sus residentes pescan las aguas locales y cultivan pequeñas parcelas, están encontrando un rápido alivio.

“Mientras haya peces en el mar, habrá esperanza. No podemos vender nuestros productos, pero todavía podemos pescar para alimentar a nuestras familias y vecinos.” Al igual que el resto del mundo, las comunidades a lo largo de la costa caribeña de esta nación Centroamericana están sintiendo el peso económico de la pandemia. “Antes de la crisis, comercializaba 400 libras de pescado a la semana. Desde hace 2 semanas, no he podido vender ni una sola libra”, explica el pescador Elvis Rodríguez.

Dado el toque de queda, los comerciantes que normalmente visitan comunidades pesqueras para comprar sus capturas diarias y luego revenderlas en ciudades cercanas, han dejado de venir. Al no contar con refrigeración para almacenar el pescado para luego, la mayoría de los pescadores han tenido que disminuir su frecuencia de pesca, renunciando a los ingresos potenciales de una mayor captura. Pero a medida que los medios de vida locales se ven afectados y la incertidumbre crece, las comunidades rurales hondureñas se están dando cuenta de que tienen redes de seguridad con las que contar.

El mar representa una de las redes de seguridad más importantes, sosteniendo a miles de hogares a lo largo de la costa norte de Honduras. “Mientras haya peces en el mar, habrá esperanza. No podemos vender nuestros productos, pero todavía podemos pescar para alimentar a nuestras familias” dice Edgardo Padilla, un líder pesquero de una comunidad cercana a la de Carlos.

Las capturas diarias manteniendo a comunidades rurales en Honduras a flote en periodos de crisis, las pesquerías saludables son cruciales. Y hoy, comerciantes de mariscos como Lucas Martínez, están demostrando por qué el capital y la cohesión social son igual de esenciales. Lucas ha modificado las operaciones de su negocio de compra y venta de pescado para garantizar la seguridad alimentaria de su comunidad. “Mi primera prioridad son las familias, que nuestras familias sean las beneficiarias directas de la pesca. Si algún pescador local tiene captura adicional para vender, la compro y la guardo para revender luego. Pero sólo la venderé cuándo me haya asegurado de que todos aquí tengan algo que comer”. Para un pueblo experimentando escasez de alimentos básicos, la decisión de Lucas ha sido un salva vidas.

A doscientas millas al oeste, la pequeña comunidad pesquera de La Sabana nos enseña una lección similar. Usando mascarillas y guantes de hule, un grupo de doce personas se reúne alrededor de una mesa en el centro comunitario del pueblo mientras llenan bolsas con frijoles, arroz, y harina.

Liderados por la maestra de la escuela y la tesorera del Club de Ahorro Local, Doris Mejía, el grupo pasa la mañana preparando 50 de estas bolsas para distribuir entre los miembros más necesitados de la comunidad. El grupo de doce es parte del club de ahorro de la Sabana, que Rare y su socio local, el Centro de Estudios Marinos, estableció el año pasado para ayudar a comunidades costeras a ahorrar para el futuro. Los clubes de ahorro cuentan con dos fondos: un fondo de ahorro y un fondo social. El fondo de ahorro está disponible para préstamos y para repartir entre miembros, junto con los intereses, al final del ciclo de ahorro, mientras que el fondo social, se usa para las emergencias de los miembros, ayudando a solventar gastos médicos y otras cosas inesperadas que les trae la vida.

Para los miembros del club de ahorro, la decisión de invertir su fondo social de $185.00 dólares en alimentos básicos para ayudar a aliviar el golpe económico de la cuarentena en su comunidad, fue unánime. Si bien no se han reportado casos de COVID-19 en La Sabana hasta ahora, el virus ha afectado los medios de vida de la mayoría de las cuarenta familias que viven en la comunidad.

Mientras se toma un descanso, Doña Doris reflexiona sobre cómo las relaciones y la coordinación dentro de la comunidad han mejorado gracias al club de ahorro: “Hacer algo como esto hace un año hubiera sido impensable. No hubiéramos tenido el dinero. Somos una comunidad más unida ahora, gracias al club de ahorro. Confiamos más el uno en el otro, y somos más solidarios”. El club de ahorro de la Sabana distribuye ayuda alimentaria a miembros de la comunidad

Desde junio del 2019, las catorce personas que conforman el Club de La Sabana han ahorrado L.46, 240.00 lempiras colectivamente, el equivalente a más o menos US $2,000.00 dólares. En ausencia de bancos y tarjetas de crédito, clubes como estos están ayudando a personas en toda la costa norte a sobrellevar esta crisis. “Dependemos de estos ahorros y préstamos para mantener a nuestras familias y comprar alimentos durante esta crisis. Si no hubiéramos organizado estos clubes, ¿a quién podríamos irle a pedir prestado? A nadie” dice Digna López, presidenta del club de ahorro dela comunidad vecina de Las Flores.

Los clubes de ahorro no sólo brindan una red de seguridad económica al servir como mecanismo para que las familias ahorren y accedan a préstamos en ausencia de servicios financieros formales, pero juegan también un papel importante en la construcción de cohesión comunitaria, aumentando la confianza y mejorando la comunicación entre sus miembros. Todos estos elementos pueden influir en qué tan bien le va a una comunidad durante un shock externo y qué tan rápido se recupera. A través de herramientas como los clubes de ahorro, Rare está ayudando a comunidades en Honduras y otros países, a trenzar un tejido social más fuerte. Al contar con los recursos que provee la naturaleza y el apoyo de familia y vecinos para superar tiempos difíciles, las comunidades hondureñas nos recuerdan la importancia de invertir en resiliencia ecológica, social y financiera, para hoy y el mañana. *En tiempos de crisis, las redes de seguridad vienen al rescate. -Por Gabriela  Polo.

Para saber:

De la mano con el CEM venimos trabajando para el desarrollo de nuestras comunidades.Cabe destacar que mantenemos acuerdos para la Conservación de los Recursos pesqueros del caribe de Honduras, desde el año 2018; donde participamos junto al vecino municipio de Omoa; en la medida en que nuestra gente este educada para la práctica de la pesca artesanal responsable, es un medio efectivo y eficiente de la conservación de los recursos pesqueros y marinos, y que de esta forma pueden conducir al desarrollo justo, inclusivo y sostenible de nuestras comunidades.

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